
Contaba Jeremías Brown 58 otoños, y desde hacía más de 30 tenía la costumbre de ir recogiendo colillas de los ceniceros de las gasolineras de BP. Cómo adquirió este hábito se explica en lo siguiente; cursaba nuestro amigo, si se puede llamar así a una persona que acabamos de conocer y aun así ni siquiera sabemos si existe, segundo de bachillerato en Gines, dato curioso ya que Jeremías Brown vivía en Baltimore y hacía vida en Long Island, (cómo consiguió la plaza en aquel instituto queda en el misterio), hastiado ya de cargar a sus espaldas con libros y libros de texto cada día y nadar desde tan larga distancia (Jeremías tenía sólo un brazo), hizo que postergase su idea de licenciarse en Dentrificología para pasar a ser aprendiz de buzo en Nelly & Son, pero lo tuvo que dejar a causa de un incidente con un calamar que harto de aguantar su charlatanería le lanzo de buena gana, un chorro de tinta a la cara, desapareciendo después. Jeremías no pudo soportar aquello y dejó la empresa. Tuvo incluso un intento de suicidio, pero el gas que salía de la combustión del carburante de su auto era óxido nitroso y en vez de pasar a mejor vida, tuvo un histérico ataque de risa y así entre carcajada y carcajada llegó a casa, justo después de haber muerto su abuelo, por una intoxicación debida a la ingestión de una lebrijana con zurrapa de lomo, que le había traído él desde Sevilla hacía más de cuatro años. Su madre se enojó tanto al verle así que le bloqueó el acceso al tabaco con una ficha de Tente, durante las navidades de ése año y aquello fue demasiado para él. Dos meses más tarde Jeremías Brown deambulaba sin rumbo por las carreteras de Los Ángeles parando en cada estación de servicio BP para rebuscar en los ceniceros las colillas que dejaban las señoritas que se dirigían a Hollywood a buscar una oportunidad.
