martes, 11 de marzo de 2008

De como Jeremías se volvió loco, ¡loquíííísimo!


Contaba Jeremías Brown 58 otoños, y desde hacía más de 30 tenía la costumbre de ir recogiendo colillas de los ceniceros de las gasolineras de BP. Cómo adquirió este hábito se explica en lo siguiente; cursaba nuestro amigo, si se puede llamar así a una persona que acabamos de conocer y aun así ni siquiera sabemos si existe, segundo de bachillerato en Gines, dato curioso ya que Jeremías Brown vivía en Baltimore y hacía vida en Long Island, (cómo consiguió la plaza en aquel instituto queda en el misterio), hastiado ya de cargar a sus espaldas con libros y libros de texto cada día y nadar desde tan larga distancia (Jeremías tenía sólo un brazo), hizo que postergase su idea de licenciarse en Dentrificología para pasar a ser aprendiz de buzo en Nelly & Son, pero lo tuvo que dejar a causa de un incidente con un calamar que harto de aguantar su charlatanería le lanzo de buena gana, un chorro de tinta a la cara, desapareciendo después. Jeremías no pudo soportar aquello y dejó la empresa. Tuvo incluso un intento de suicidio, pero el gas que salía de la combustión del carburante de su auto era óxido nitroso y en vez de pasar a mejor vida, tuvo un histérico ataque de risa y así entre carcajada y carcajada llegó a casa, justo después de haber muerto su abuelo, por una intoxicación debida a la ingestión de una lebrijana con zurrapa de lomo, que le había traído él desde Sevilla hacía más de cuatro años. Su madre se enojó tanto al verle así que le bloqueó el acceso al tabaco con una ficha de Tente, durante las navidades de ése año y aquello fue demasiado para él. Dos meses más tarde Jeremías Brown deambulaba sin rumbo por las carreteras de Los Ángeles parando en cada estación de servicio BP para rebuscar en los ceniceros las colillas que dejaban las señoritas que se dirigían a Hollywood a buscar una oportunidad.

lunes, 10 de marzo de 2008

(Sobre ahogarse) Teatro verídico


(En un lugar de La Mancha cuyo nombre deseo no recordar, de día, varias personas en tren, yo voy detrás).

Antonio: ¡Que no!, que así no puede ser. (Los que le rodean, niegan) ¿Cómo te vas a ahogar de aquí para abajo? (Dándose con el canto de la mano en el pecho).

Ana: No puedes, no puedes (Mirando hacia abajo).

José: Claro…

Antonio: ¡Pues claro! Te tendrás que ahogar de aquí para arriba. Si no, ni te ahogas ni nada. ¡Es psicológico!

Ana: Así es… (Los demás hacen gesto afirmativo).

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Esto es un fragmento de una conversación real, sólo que no ocurrió en La Mancha, no digo donde, para que no salgan los aludidos, además los nombres de los contertulianos me los he inventado, pues no se los verdaderos.

¿Qué mentes depravadas pueden tener una conversación así? Que vergüenza. ¿Dónde quedó el fútbol como tema de conversación primordial entre trabajadores que vuelven a su casa después del trabajo? ¿O a lo mejor, es qué están tan cansados que no dominan las palabras que supuran sus orificios bucales? Sea como fuere, creo que, contradictoriamente, es la conversación más elaborada que he oído en el tren en años. Hay otras que no hay por donde cogerlas…