
“La furgoneta se situó en medio de la calle y permaneció silenciosa durante unos minutos. Luego se oyó un crujido en el altavoz y un vozarrón cantó: ¡Congeladores Feckle! ¡Congeladores Feckle! ¡Tiene usted que tener un congelador Feckle! Feckle, Feckle, Feckle, Feckle, Feckle, Feckle…”
Frederik pohl - El túnel por debajo del mundo.
¿Cuántos comerciales nos tragamos cada día? A veces alguien me comenta que le duelen los pies o que necesita algo que acabe con la suciedad de los azulejos y casi sin darme cuenta, inconscientemente, le suelto –Pues el producto tal es muy bueno para los azulejos-. Luego vuelvo en mí y sigo la conversación como si nada. Como si un automatismo implantado en mi cerebro se encargara de proferir aquellas palabras. Da miedo la publicidad con sus métodos y más miedo aún tener que aguantarla por todos lados y a todas horas.
El otro día un gitano en su furgón pasó por las calles de mi pueblo vendiendo ajos. “¡Ajos manchegos! ¡De los que duran todo el año! ¡Ya está aquí el camión de todos los años, el camión de los ajos! ¡El ajo gordo, el ajo rubio! ¡Como le gustan a usted! ¡Salga sin miedo señora!...” ¿Salga sin miedo? Salga sin miedo, ¡eso dijo! Cuanto da que pensar… Acaso que su anuncio no tenía ni trampa ni cartón, o que su producto era como prometía, o tal vez esas palabras pretendían devolver la confianza a una etnia machacada por la (in)cultura popular. No lo sé ¡Compren ajos!








