
Lo único que pretendo decir es que una sonrisa puede ser de los gestos más bonitos de la naturaleza humana, o uno de los peores si no se ha hecho un uso adecuado de ella. Es como un arma de doble filo.
Personalmente he sentido el crujir de tripas en estos dos casos tan contrapuestos y por motivos que no lo son menos: En la época de vacas flacas de mi anterior relación, una sonrisa que provenía de cualquier parte excepto del corazón, era una botella partida de cristal que atravesaba mi abdomen. Por el contrario, la que dedica alguien que te ha correspondido con ese gesto, es el más saludable de los narcóticos.
En la sociedad del bienestar que atravesamos, cual tormenta en la mar, la sonrisa se ha convertido en el reflejo de un alma vacía, un gesto catatónico que es capaz de mantener el orden social imperante, sólo con el visionado de un film de Disney. Es penoso. Aquí podemos comprobar, como el mal uso del gesto puede ser fatídico. He visto apretar de gatillos de ametralladoras que han causado menos victimas, que las sonrisas de las sesiones de fotos de las playmates.
Ahora bien, a mi manera de ver las cosas, los que mejor uso indiscriminado hacen de las sonrisas son los bebes. Esos mocosos, cariñosamente se entiende, que al más mínimo gesto son capaces de cubrirte de las más dulces sonrisas y lo que es más importante es que son cándidas, sinceras, sin máscaras… ¡Ahí!, ahí se pueden ver más sonrisas verdaderas, que en toda una gala televisada de fin de año.
No hay comentarios:
Publicar un comentario