
Había una vez un búho muy sabio,
de grandes ojos que todo lo veían
y orejas puntiagudas
que al tanto de todo estaban.
Cuál sería su prestigio en el bosque,
que acudían de todos sus rincones
animales a preguntarle.
Sabía de leyes, de pasiones
de filosofía, política,
historia, botánica,
y muchas bonitas canciones.
Pero un gallo de gran cresta
y de mucho farfullar,
un buen día le fue a preguntar.
Querido búho sabio
¿Cómo sonaría tu canto
cuando al hombre afanoso
le toque despertar?
El búho sabio notó la trampa
y se apresuró a contestar:
Buen gallo lo podríamos comprobar.
El gallo aceptó encantado,
riendo por detrás.
Esa noche el búho salió
como tenía costumbre
y por la mañana no fue a cantar.
El gallo de él se desternillaba,
pues su duda no pudo contestar
y los demás no comprendían
como él lo podía tolerar.
Tiempo al tiempo, amigos
ya lo comprenderán.
Los humanos disgustados
ya que aquel día no pudieron laborar
buscaron responsable y hallaron
al gallo tras de un pajar.
Su cabeza cortaron, desplumaron
aviaron y cocinaron.
Así el búho, a los animales respondió:
Haz lo que te corresponde,
ni repliques tu labor,
no intentes endosar a otro
lo que para ti no es afición,
si no, conocerás la cocina,
y de la olla su interior.
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