
Sinceramente creo que la mentira es el peor de los pecados, a ella debemos sino todos los males sociales que padecemos, si los más nefastos. Me siento como el Beppo el Barrendero de la novela MOMO. Mintiendo se invadió Irak por ejemplo, entre otros millones de cosas.
Una vez volviendo de ibiza en avión, me ocurrió que por megafonía dijeron que los aparatos electrónicos deberían de ser desconectados en las maniobras de despegue/aterrizaje. Cuando terminó de despegar el avión cogí y me endosé mi Mp3, a eso que al rato se me acerca la azafata de vuelo y me dice que debo quitármelo, le comento lo de megafonía, y salta la zeñora que llevo a mi lado y dice, “yo lo he visto pero no he dicho nada porque no creí que fuese capaz de hacerlo, que el mismo se lo acabaría quitando”. O algo así. En esto la azafata ya se había marchado, vuelvo decirle lo de la megafonía y me dice “yo llevo muchos vuelos como para no saber lo que dice la megafonía”, digo, “de verdad ha dicho eso” y salta y me dice, “¡Ay! Mentirosillo, eres un mentirosillo, te va a crecer la nariz como a Pinocho”, con ese tono pedante que sólo las zeñoras saben poner.
¿Qué necesidad de mentir tengo yo? ¿Qué ganaba? Y lo que es más importante ¿Para qué? Puede que un condenado a muerte mienta sobre su participación en cierto delito, ahí es comprensible, pero yo, un tipo sin problemas... no lo entiendo. Además cuando miento tengo que soportar la compañía de un tipo llamado Remordimiento y sinceramente, no me llevo muy bien con este individuo. Se me hace muy pesado, tanto o más que un primo mío que, de vez en cuando, se presenta de improviso en mi casa y acaba con toda la provisión de alimentos de que dispongo. En serio…
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